Por segunda campaña consecutiva, por cuarta vez en su historia, el Arsenal pone pie en las semifinales de la máxima competición continental. Sin brillo, pero con brío, en un momento de la temporada en el que emite señales de bloqueo, huérfano de futbolistas diferenciales de medio campo hacia delante como Odegaard o Merino. Ese Arsenal que durante largos pasajes del curso lució exuberante semeja ahora un equipo cansado. Ante el Sporting luso, un equipo que apenas en 1983 se había dejado ver a esta altura de la competición, se dejó ir hasta que se llevó un par de sustos. Luego quiso imponerse, pero sin argumentos. Y siempre sintió la amenaza de su rival, un equipo tan meritorio como limitado que llegó vivo hasta los minutos de la verdad entre la preocupación de la grada, que festejó el pase entre una mezcla de algarabía y alivio para citarse con el Atlético en semifinales. El líder de la Premier llega con lo justo a esa cita.

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