El Tour de Francia terminó bajo el resplandor amarillo de Tadej Pogacar, pero en las cunetas, entre el polvo, el sudor y las montañas, comenzaron a dibujarse también los rostros del mañana. Isaac del Toro y Paul Seixas no conquistaron París, aunque salieron de ella convertidos en algo más importante que dos revelaciones: en los primeros protagonistas de una rivalidad que amenaza con acompañar al ciclismo durante la próxima década.

