A mí, una vez, me echaron de yoga. Bueno, en realidad fue un poco como en el colegio; que no te echaban, pero te invitaban a irte. Me había apuntado en una etapa en la que cada día, al levantarme, la ansiedad se me agarraba al pecho y no se soltaba hasta la hora de dormir. Convencido por varias amistades que lo habían probado —que si el control de la respiración, que si el ejercicio físico, que si la meditación— decidí probar. Me acerqué desde esa extraña condescendencia que aplicamos los que hemos hecho ejercicio desde pequeños a todos los deportes que no hemos practicado nunca . Lo intento explicar: algunos tenemos una concepción bastante peculiar y errónea del deporte —y seguramente de la vida—, en la que, si no se suda mucho y se sufre un poco ni es ejercicio ni es nada. En las clases de yoga no sudaba mucho, pero sufría bastante. No tanto como mi profesora al verme ejecutar las posturas, pero sufría. Cada tarde, escuchaba con atención las instrucciones de la monitora e intentaba aplicarlas. Sin éxito. Miraba con envidia a mis compañeros de clase. A pesar de todo, siempre lograba dejar la mente en blanco durante un par de gloriosos minutos. Con eso —y con las agujetas del día siguiente—, merecía la pena.

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