A ver cómo lo explico: si Piqué le hubiese pegado una patada a mi madre en un centro comercial, hace dos años, o tres, ya se lo habría perdonado. Quizá no en el momento —una madre es una madre—, pero sí ahora que dice adiós, que empieza a ser un recuerdo mitológico anclado a nuestra memoria. El cuerpo, el alma, incluso, nos piden quedarse solo con lo bueno y enterrar lo malo, que fue abundante en los últimos años. Veremos si alguna de esas zancadillas se las perdona también la justicia ordinaria, que ese es otro cantar y nada tendrán que ver en el proceso nuestros tiernos ojos de vaca.

