Pocos minutos después de los 800m del heptatlón feliz de María Vicente, y el sol ya ha abandonado totalmente la pista azul, como la esperanza abandona a la manchega de La Solana, Paula Sevilla disputa la final de los 400m, su primera gran final. Condenada a la calle dos, un desierto ante ella al salir de la curva, sola, alejada de todo, cansada tras una semana de gran intensidad y arcadas, termina octava (52,03s) una carrera ganada por la gran favorita, la noruega Henriette Jaeger (49,04s). Se va feliz por su gran semifinal (50,21s, su mejor marca) y ya piensa en el último desafío que le queda en Birmingham, correr los 400 metros por cuarta vez en siete días, en esta ocasión con un tubito de aluminio bien agarrado, testigo de que el relevo español está bien en carrera. Habla de ello, de la esperanza de una medalla que haga olvidar las penas de los demás relevos españoles –caída de testigo en los de 100, eliminados los hombres del 400, no medalla en el mixto—y después vacía su alma de atleta. “Corro los 400m pero no me gusta nada esta prueba, siempre lo digo”, se sincera una atleta de 29 años, la mejor español en los 200m, que dobló de distancia hace año y medio porque comprobó que se le daba mucho mejor, pero sufre de ansiedad, no le gusta la dureza de los entrenamientos, pero se resigna a abandonar su zona de confort. “Con lo a gusto que estaba en los 200m, mi progresión magnífica, mis relevos 4×100… Pero si mi cuerpo ha elegido el 400m, qué le voy a hacer. Peor sería que no valiera para nada”.

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