Tadej Pogacar no juega con sus rivales, sino que juguetea con las carreras, como un niño travieso, como si no fuera consciente del destrozo que provoca. Supera la pancarta del último kilómetro con medio minuto de ventaja sobre Vingegaard, y con los mechones rubios asomando por el casco, sonríe y pedalea más suave. “Tuve tiempo suficiente para bajar un poco el ritmo en el último kilómetro y recuperarme”. La diferencia se quedó en la mitad, qué le importa al líder. Entraba fresco. Resoplaba y se retorcía Jonas. Lo que consigue el esloveno solo lo pueden hacer los superdotados. Un gesto más del campeón, que está a una etapa de ganar el Dauphiné, a dos victorias de llegar al centenar en su carrera y a nada de torpedear cualquier pronóstico en su contra en las casas de apuestas.

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