Hay jugadores que, más allá de su talento deportivo, son importantes por lo bien que conocen el club en el que están. Saben a quién hay que llamar en cada momento y tienen todos los números en la agenda. Entienden lo que necesita escuchar la afición y la hinchada los busca en tiempos de zozobra. Cuando se presenta una situación complicada, se posicionan siempre el lado de la altura de miras. Toman todas las decisiones pensando en el beneficio del equipo. Son, de alguna manera, guardianes de las esencias de la entidad y evangelizadores de la cultura del club desde el ejemplo personal. Llega un punto en el que su figura se fusiona con la de la entidad. Y viceversa. Parece que el equipo tiene la personalidad del jugador y que el deportista encarna todos los valores de los que presume el conjunto.

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