A eso de las cuatro y media de la tarde, Novak Djokovic rebobina mentalmente hacia el pasado y recuerda a ese Nole primigenio que metió la cabeza en la élite para ponerlo todo patas arriba: la fiesta doble pasó a ser de tres. Habla el serbio, ya 38 años, como si hubiera sido ayer: “En 2005 me clasifiqué por primera vez para un Grand Slam y fue precisamente aquí, en Australia. Jugué mi primer partido nocturno contra Marat Safin [6-0, 6-2 y 6-1 para el ruso], que luego ganó el título. Ha sido un camino largo, pero muy exitoso”, afirma el de Belgrado, rebelado ante una realidad inevitable: el tiempo consume a todos y las opciones de lograr su 25º grande, lógicamente, han disminuido. El año pasado era una incógnita; ahora, erosionado y renqueante, lo es más.

