El eco violento de las sillas de ruedas entrechocando —dos jugadoras que, defendiendo, impiden el corte a canasta de la atacante— retumba por todo el pabellón de Daganzo (Madrid). Un estruendo que hace al espectador tomar consciencia de dónde se encuentra: está ante la ganadora del bronce del último europeo, ante las integrantes de un equipo que derrocha energía y en cada lance va a por todas, aunque la mayoría tengan que compatibilizar obligaciones laborales y entrenamientos. Un equipo en crecimiento, que disputó en Tokio por primera vez unos Juegos Paralímpicos por méritos deportivos (habían participado como anfitrionas en Barcelona 92), y al que en junio le espera una piedra de toque definitiva: el mundial en Dubái, que ya están preparando.

