No hay muchos Grandes Premios con tanto componente simbólico como el de Gran Bretaña. Por el ADN de Silverstone, único en su especie. Por el ambiente a carreras clásicas y de la tierra de los pioneros históricos. Y por un público que ya ruge desde el primer libre, como mostró cuando Lewis Hamilton se colocó primero en el único entrenamiento libre del fin de semana. Pero la nueva Fórmula 1, de momento, no va muy de la mano del espectáculo de la pista inglesa. Sus carencias aparecen y todo lo que vaticinaban los pilotos se hizo real. 

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