Osasuna cumplió el sueño que venía alimentando desde hacía 19 años, cuando jugó la única final de Copa de su historia. Un gol de Pablo Ibáñez en la prórroga, el estado preferido por su equipo, que ha asaltado el último escalón después de superar cuatro, llevó la felicidad a la grada pamplonica, que había permanecido callada durante mucho tiempo por la superioridad manifiesta del Athletic. Pero el fútbol es cuestión de goles. Los bilbaínos sólo pudieron sumar uno y no consiguieron darle la vuelta a la tortilla. Osasuna, en su único acercamiento peligroso al área de Agirrezabala, sumó otro. Un golazo. Un fuerte golpeo con el interior del pie derecho, con una colocación perfecta y el aliento contenido de una ciudad entera. Solo un gol, pero suficiente como para estar el 6 de mayo de la Cartuja, y también en la Supercopa como premio añadido, claro.

