Un librito en la estantería desde niño, De Olympia a Munich, Andrés Mercé Varela, y una bolsa de deportes de plástico con los cinco aros y las tres rayas de Adidas y Munich 72 bien grande. Múnich 72 es Mark Spitz, que se ha dejado bigote porque así el agua se desliza mejor por su cara y no le entra en la boca, dice, y se ríe viendo la cara estupefacta de los periodistas, y para hacerse la foto le tienen que pegar en el ancho pecho las siete medallas de oro, para que no penduleen, y es Olga Korbut, que llora porque le han anestesiado la espalda, que le duele, y se le han dormido las piernas, y en las asimétricas, su belleza, su tesoro, se ha caído, y el mundo llora con ella, 17 años, una niña de Bielorrusia y el escudo soviético; es Kip Keino, que por capricho corre los 3.000 metros obstáculos y corre sin saltar las vallas, sino apoyando un pie en ellas, y en la ría no se apoya sin más, sino que toma impulso sobre la valla y salta en el aire, porque le tiene miedo al agua, pero gana y bate el récord del mundo, como John Akii Bua en los 400m vallas, el primero que baja de 48s y corriendo por la calle uno, y es policía en la Kampala sangrienta del sanguinario Idi Amin, y Edwin Moses, aún hoy, sigue diciendo que él no sería lo que ha sido si no hubiera existido Akii Bua, que, señal de su fama, en Uganda significa correr desde entonces.

