Ramón Eduardo Pujol, mi viejo, estaría puteando con su mejor cara de amargado ahora mismo, mientras todos celebramos el triunfo de Argentina contra México acá, en el living de mi casa, en Boedo, en Buenos Aires, si no fuera porque este miércoles a la madrugada se le tapó una arteria en el cerebro que lo mató el jueves, de tarde, cuando su corazón no aguantó más. El verbo en condicional —que tipeo y leo pero todavía no puedo hacer cuerpo— representa que mi papá no está para la actividad que practicamos durante toda mi existencia — y la suya—: para que nos peleemos. Y, sin embargo, siento que lo escucho: dice que Argentina se va a quedar afuera del Mundial rápido, que juega una porquería y que no se entiende tanto lío por este pibe Messi que no sirve para nada, que juega bien en sus equipos pero que en la selección es un desastre.

