Bienvenidos al Roland Garros de la ilógica, el de la convulsión. Aquel que pintaba un pelín insípido de entrada, porque eso de que la coronación de Jannik Sinner era cuestión de una simple cuenta atrás y de que el italiano descontase las rondas hacia la Copa de los Mosqueteros; por eso de que no estaba Carlos Alcaraz y, por tanto, no había quien pudiera ponerle freno al de San Cándido; y por eso de que la secuencia firmada por el número uno —30 triunfos sucesivos de marzo hasta aquí, todos los trofeos importantes en sus manos— invitaba a pensar que no existía otra salida. No al menos demasiado lógica. Sin embargo, ya no está Sinner ni tampoco la otra gran carta: a las nueve de la noche, Novak Djokovic se convierte en presa de João Fonseca.

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