Mucho han cambiado las cosas desde la celebración del primer Mundial de fútbol. Fue en 1930, en Uruguay. Los equipos llegaron en barco -muchos de ellos tras varias semanas de viaje- y el anfitrión corría con los gastos de desplazamiento y estancia. Se disputó en una única ciudad, Montevideo. Acogió el encuentro con menos asistencia de las citas mundialistas: un Rumanía-Perú que congregó a trescientas personas. Pese a haber vencido a Bélgica con claridad, el entrenador estadounidense amenazó a sus jugadores con retirarles su amistad si seguían jugando “tan mal”. El estadio Centenario se inauguró con el cemento aún fresco, lo que permitió a los asistentes grabar mensajes de amor o patrióticos. Antes del inicio de cada partido se daba la opción de elegir pelota -uruguaya o argentina, con una leve diferencia de tamaño- y a la final, tal y como mandan los retorcidos guiones del balompié, llegaron ambos países. Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo, se jugó un tiempo con cada esférico. Los argentinos se impusieron en la primera mitad -jugada con su balón- y Uruguay se llevó el título tras remontar en la segunda parte. Una cuestión de pelotas.

