Durante el viaje de tres semanas de Tadej Pogacar hacia su quinto Tour ha habido tantos momentos extraordinarios —récords de ascensión del Tourmalet y a Alpe d’Huez, ascensiones en solitario de kilómetros aniquilando a los mejores ciclistas del mundo, los sueños del futuro— que científicos y entrenadores se han pasado un rato cada día haciendo operaciones con la calculadora del móvil. Tantos metros de desnivel, tantos minutos de ascensión, tanto peso, tanta altitud, uno por otro, partido por el siguiente y un resultado en vatios, 430 en 40 minutos, 450 en 20 minutos, y así, números que los dejaban admirados, con la boca abierta, y creerían equivocados si no fuera porque pertenecen al único e inimitable esloveno que domina el ciclismo mundial en todas sus conjugaciones desde hace seis años.

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