Era 1910. Por primera vez el Tour se adentraba en los Pirineos. Los organizadores no tuvieron piedad aquel 21 de julio: el pelotón partió a las tres y media de la madrugada para enfrentarse a cuatro colosos: Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque, todos juntos y encadenados para aquellos esclavos de la carretera que cabalgaban unas bicicletas de quince kilos con piñón fijo. Tierra, piedras, faros de acetileno en el manillar en medio de la silente oscuridad: una épica sin pulsómetros ni pinganillos.

