Icono del consumismo hecho montaña, el Everest ha perdido su aura mágica para abrazar un turismo de selfie y pompa en las redes sociales. Aún así, alcanzar el llamado techo del planeta por alguna de sus dos rutas normales sin emplear oxígeno artificial sigue siendo un reto sumamente serio incluso para alpinistas profesionales, un desafío fisiológico de primer orden. Hacerlo de ésta manera limpia por una ruta distinta, que requiera escalar de verdad, es casi inhumano. Se cuentan 10.700 ascensiones desde 1953, año en el que el apicultor neozelandés Edmund Hillary y el nepalés de la etnia sherpa Tenzing Norgay pisaron por vez primera la codiciada cima. Ambos portaban a sus espaldas cilindros conectados a una máscara que les permitía respirar oxígeno embotellado para compensar la disminución de la presión atmosférica. Desde entonces, solo 220 del total de ascensos se han completado sin emplear oxígeno embotellado.

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