Bajaron la cabeza y las armas los pretendientes al laurel, los aspirantes al maillot rojo, resignación o flaquezas, un rodar con la mirada puesta en el retrovisor, que nadie me quite lo mío. Ni Roglic, ni Gall, ni Carapaz ni nadie dijo esta es la mía en el penúltimo compromiso de la Vuelta, terreno escarpado y ocasión perdida. Jauja para Enric Mas, que superó la jornada sin sobresaltos ni debilidades, nada extraño porque no ha ofrecido fisura alguna en la competición porque se sabe el más fuerte, porque transmite confianza a raudales, porque no hay quien pueda con su motor en esta Vuelta, porque parece que sus rivales, incluso, se han inclinado ante su jerarquía. Queda una jornada de tambores y trompetas, de batalla, supuestamente una jornada para que se den los ataques que no se vieron camino de Peñas Blancas, lugar donde Eddie Dunbar (Q36.5) se coronó para desquicie y drama de Buitrago, que perdió la etapa en los metros finales. Queda un suspiro, cinco montañas y la gloria por delante.

