Poco o nada queda ya del mundo que un día conocimos, de aquellos tiempos en los que Real Madrid, Barça, Atleti, Sevilla o Valencia llamaban al timbre de casi cualquier club europeo y les deslizaban pagarés a 30, 60 o 90 años por debajo de la puerta. Nos gustaban sus estrellas. Y a ellos les gustaba la generosidad con que gastábamos el dinero que no teníamos, un poco como en los años felices de la burbuja inmobiliaria, que te ibas a un banco para solicitar 180.000 euros de hipoteca -el precio medio de un buen piso en una ciudad de provincias- y salías de la oficina con medio millón, pues no era cuestión de fundar un hogar sin muebles de categoría y un cochazo en el garaje. “¿Pero esto lo podré pagar con una nómina de mil euros?”, preguntabas. Y el director de la sucursal te contestaba con varias palmaditas en la espalda camino de la puerta. A veces pienso que nos estuvo bien empleado por no haber prestado más atención a las clases de morse en los campamentos de verano.

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