Una sombra, una lapa, un sabio. Aunque ha sufrido de lo lindo para aguantar las reiterativas arrancadas de Remco Evenepoel, de fuego y orgullo, también de hambre y de pundonor, a Primoz Roglic le bastaron dos momentos, dos sprints finales, para coronarse en la Volta. Uno en la primera etapa, repecho final en subida y triunfo de etapa; y otro en Lo Port, donde el ácido láctico, la gallardía y la bravura le pasaron factura al belga, pues cogió una pájara de 50 metros, el peor de los castigos. No fue, sin embargo, el único error de Remco, pues en La Molina, henchido de felicidad por descoser a Roglic en los metros finales, levantó el acelerador y los brazos para paladear el festejo. Perdió uno o dos segundos, lo suficiente para no ponerse líder; lo exigido para tener que seguir siendo el que corría para atacar y no para defender. Condición que ha aceptado y dignificado el belga porque lo ha intentado en todas las etapas y hasta el final. Tanto fue así que Roglic, señorial, no le disputó el último sprint en Montjuïc. Pasó justo detrás, pegadito a él, lo acostumbrado. Y lo que necesitaba para ganar esta magnética y deliciosa batalla de gigantes en la que la experiencia pudo con la bisoñez.

