La última vez apenas se detuvo en el pueblo, la agenda ya no lo permitía. Pero de vez en cuando, cuentan sus amigos, regresa para visitar a sus padres en el cementerio. El viejo hogar, una pequeña casa con establo para dos o tres vacas, pertenece hoy a otra familia. El ganado ya no pasta en el terreno que Giuseppe, su padre, alquilaba. Y la casa unifamiliar donde se mudaron luego se ha quedado vacía: se la quedó su hermana, que hoy vive en Novi de Modena, a 17 kilómetros. El rastro de Carlo Ancelotti (62 años) es algo difuso en Reggiolo (9.192 habitantes), un pequeño pueblo de la próspera Emilia-Romaña. Una tierra a orillas del río Po, húmeda y rica, cuyos contrastes sociales y culturales dieron pie a las grandes revoluciones políticas de la Italia del siglo XX, como retrató Bernardo Bertolucci en Novecento. Pero Reggiolo sirve también para descifrar el origen del carácter de Ancelotti. “Un obrero del grupo” —así le definen sus amigos— que el sábado disputará su quinta final de Champions.

