Nadie escanea mejor a Rafael Nadal que el propio Nadal, lejos ya de ese chico espontáneo y hasta cierto punto ingenuo que disparaba lo primero que le venía a la cabeza sin filtros ni circunloquios, para risas de los presentes. Con los años, el tenista ha aprendido a dominar la elocución y dosifica meticulosamente cada mensaje, expresando solo aquello que desea transmitir, y nada más. Rara vez deja un cabo suelto o sufre un desliz, ni mucho menos cae en la trampa que de vez en cuando se le plantea. Sin embargo, pocas veces se le ha podido escuchar referirse de forma tan cruda a la lesión que arrastra en el pie izquierdo (desde que tenía 18 años) como este jueves, cuando el dolor se le hizo prácticamente insoportable y le impidió competir contra el canadiense Denis Shapovalov, que lo apeó del Masters de Roma.

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PREOCUPACIÓN EXTRA: EL MAL SE REPRODUCE SOBRE TIERRA BATIDA

Nadal padece una osteocondritis del escafoides, una lesión degenerativa que debilita el hueso y la articulación, para la que no existe una cura efectiva. En abril de 2004, durante su participación en el torneo de Estoril, el balear sufrió una fractura por sobrecarga y la lesión derivó en una artrosis en esa zona del pie. A partir de ahí, se le aplicó un tratamiento médico y físico de prevención, pero conforme el deportista ha ido haciéndose mayor, el grado de dolor ha aumentado.

“Tengo el escafoides partido por la mitad, es un problema sin solución”, describía Nadal en enero. Lo hacía en Melbourne y mientras competía sobre cemento, a priori la superficie más hostil para su pie izquierdo; sin embargo, tanto el episodio que lo detuvo el año pasado en París como el actual, en Roma, tuvieron lugar en tierra batida, terreno en el que los deslizamientos, los apoyos y las maniobras de los profesionales son menos agresivas.

La temporada pasada, Nadal perdió contra Novak Djokovic en las semifinales de Roland Garros y durante el cruce con el número uno ya se le vio cojear de manera ostensible. En realidad, no es una imagen nueva. Con frecuencia, después de afrontar un pulso de alta exigencia física o de larga duración, el mallorquín suele caminar con dificultad y el dolor le persigue más allá de los límites de la competición.

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