Cada vez que Rafa Nadal se ha encontrado ante una situación deportiva complicada -de esas en las que el espectador pensaba que, esta vez sí, era realmente imposible que la sacara adelante- entraban en juego gran cantidad de detalles. Algunos inherentes al juego. Otros, a priori, podrían parecer ajenos. Ni mucho menos. Porque cada vez que alguien pone al límite al tenista de Manacor aparecen las reminiscencias de tres décadas y media de preparación física, mental y, en el sentido más amplio de la palabra, personal. En esos momentos brota la figura del abuelo Rafael –pianista y compositor– que ejerció de patriarca reuniendo a la familia en un mismo edificio. Resurgen los tres valores con los que su tío y entrenador Toni Nadal comenzó a cincelar al deportista: esfuerzo, educación y sacrificio. Regresan tantas y tantas horas de entrenamiento en las que no hubo ni una mala cara ni una queja. Tantos segundos y minutos de escuchar. Y, también la lección de que, aun haciéndolo todo bien, puede ser que las cosas terminen saliendo mal.

