Sorprendente, inesperada, emocionante, milagrosa, mágica. Todo adjetivo, incluso los grandilocuentes, encajan para catalogar la apasionante aventura que acabamos de vivir con la selección española de baloncesto. Un equipo cenicienta al que casi nadie tuvimos en cuenta para logros que fuesen más allá del aprendizaje a realizar de cara a tiempos mejores. Incluso sin tener que entrar en odiosas comparaciones con la época gloriosa de la que venimos y que imaginábamos terminada, la sensación general apuntaba mucho más hacia el inicio de una necesaria reconstrucción que a la continuación de la fiesta en la que nuestro baloncesto lleva metido desde hace veinte años.

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