Nos disponíamos a entrar en el Guggenheim cuando él se detuvo en seco. Me cogió del brazo, dio un paso atrás y exclamó “Espera, espera, ¿esto es un museo?”. Yo respondí afirmativamente. Él protestó: “¡Uno tiene sus principios! Nunca he entrado en un museo y no lo voy a hacer ahora”. Le recordé que íbamos a comer en el restaurante de la pinacoteca y solo entonces accedió, con la condición de que la visita fuera exclusivamente gastronómica. Después, durante la comida, me guiñó varias veces un ojo, al tiempo que me advertía. “¡Nada de arte, eh!”.

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