Un día cualquiera de la semana pasada, sobre las once de la mañana, una chica sentada enfrente de mí en un vagón del metro de Madrid se puso a llorar. Primero intentó ocultar las lágrimas agachando la cabeza, como encogiéndose hacía sí misma, hasta que la contención resultó del todo imposible. Le temblaba la mandíbula. Le costaba hasta respirar. En un momento alzó la vista, empapada en lágrimas, y se disculpó. Le respondí que no tenía por qué pedir perdón, faltaría más, que llorase lo que necesitase. Y me quedé pensando sobre por qué llorar en público nos sigue pareciendo algo merecedor de una disculpa, cuando jamás pediríamos perdón por reír delante de otras personas.

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