Daniil Medvedev se echa la mano a la oreja, en su salsa porque si algo le gusta al ruso es la refriega deportiva y el jaleo ambiental, y en ese instante, como ha ido sucediendo a lo largo de todo el partido contra el joven Alexander Shevchenko, escucha música celestial para sus oídos. La grada de la central de Madrid le abuchea y le silba sin parar, en parte porque el tenista corresponde y en otros momentos porque sencillamente le quiere descentrar. El público va con el chico, el débil, y cualquier instante es bueno para tratar de desestabilizar al gigantón, que vence (6-4, 6-1 y 7-5) y lo entiende, pero hasta cierto punto. Madrid y Medvedev, Medvedev y Madrid, dos viejos conocidos.

