Vuelve y lo primero que hace es saludar a todo el mundo. La sonrisa le delata, y contagia a quienes se le cruzan. “Vamos a divertirnos”, dice cuando aparece en el garaje de su equipo. Es Marc Márquez, buque insignia del Mundial de MotoGP, en su quinto retorno a la competición en dos años –que si el brazo, las caídas, la diplopía–. El Gran Premio de Aragón es para él una segunda casa, a apenas dos horas de su natal Cervera. Dice que no quiere apretar al máximo, no vaya a precipitarse, pero corre como siempre, puro instinto por mucho tiempo que haya estado alejado de su mejor forma. Después de tres meses y medio de convalecencia por su cuarta y, espera, última operación en el brazo derecho, conecta desde el primer minuto con el ritmo de los mejores, aunque este año unas pocas décimas son todo un mundo. Decimotercero en la parrilla, su tiempo en la Q1 fue tan solo dos décimas más lento que cuando se clasificó cuarto el año pasado. La pole position de Pecco Bagnaia, que reventó el récord del circuito, le quedó a casi un segundo.

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