Los ciclistas no pierden de vista los vatios que gastan en la carretera y a los equipos no les queda otra que jugar a la táctica del desgaste para jugársela casi siempre en la última subida, en los kilómetros postreros o, con fortuna, dejar descolgado al rival de turno porque no pueden seguir el ritmo que destila su motor. Es el nuevo ciclismo, el de los jóvenes sobradamente preparados, científicos y deportistas, el que por ejemplo están exhibiendo Evenepoel y Roglic en la Volta, casi anudados hasta que se vislumbra la línea de meta. Pogaçar, animal como ninguno, juega a otra cosa porque las piernas le dan para todo. Pero es un verso libre. Y de esos quedan pocos. Aunque ninguno como Mikel Landa (Murguía, Álava; 33 años), que, sin quererlo, ha creado el Landismo, un movimiento extendido entre el aficionado porque es un ciclista a contracorriente, que prefiere la épica a los laureles, que mira hacia arriba y no al potenciómetro, que no está encorsetado a las tácticas sino que escucha a su cuerpo. Lo intentó en Lo Port, pero se encasquilló ante Roglic y Evenepoel, también Almeida y Soler.

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