Todos hemos sido niños alguna vez, incluso niños de 23 años, como Kylian Mbappé. A esa tierna edad, y envalentonado por una serie de fracasos vitales encadenados, recuerdo haberme embarcado en un negocio de cierta envergadura, un salto al vacío de los que te dejan muchas cicatrices y bastante cara de tonto. Cuando uno solo se escucha a sí mismo y a las personas equivocadas, acaba por hacer cosas como meter el hocico en el mercado de los armarios empotrados, un estanque donde acechan centenares de tiburones dispuestos a despellejarte mucho antes de poner un pie en el agua. Como no podía ser de otra manera, la cosa terminó de la peor forma posible: cierre fulminante, una abultadísima deuda a cuestas y varias cajas de perchas con el logo de la empresa apiladas en el garaje de mis padres.

