“Ya está todo hecho”, dice Mavi García, que tiene 41 años y ha estado 10 buscando la que ya se bambolea en su pecho colgada del cuello sudado, una medalla en un Mundial de ciclismo. “Ya lo he hecho todo”, repite la mallorquina, que ha terminado tercera en la colina de Kimihurura, meta del circuito del Mundial de ciclismo que ha invadido Kigali, la capital de Ruanda. “Quiero disfrutar el año que viene haciendo bici, que es lo que más me gusta, ayudando a otras…” Mavi García, la única luz durante una década del mortecino ciclismo femenino español, quizás no es consciente de que, en realidad, ya ha ayudado a otras, y solo tiene que mirar alrededor para verlo. Su bronce es la cuarta medalla del ciclismo femenino español esta semana. Las otras tres, y un arcoíris, las han ganado dos jóvenes con edad para ser sus hijas casi, y si no biológicas, sí hijas deportivas, pues quizás no serían ciclistas si ella no hubiera existido. Es su mayor contribución a un ciclismo español que, falto de grandes estructuras, equipos, carreras, falto de casi todo, da a la luz regularmente a genios surgidos de la nada.

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