Real Sociedad y Atlético glorificaron la Copa del Rey con una final intrépida, titánica por el desgaste del tórrido calor, los vaivenes del marcador, y decidida en la siempre cruel tanda de penaltis que gratifica al ganador y ahoga en lágrimas al perdedor. Se coronó la Real desde los once metros después de que los caprichos de fútbol calcaran el 2-2 de la final del 87. Marrero emuló a Arconada y detuvo los dos primeros lanzamientos, de Sorloth y Julián Alvarez. Musso añadió más taquicardia al adivinar el golpeo de Óskarsson. Fue Pablo Marín, un canterano, el que le dio a la ­Real de Matarazzo la tercera Copa de la historia. La frescura y la valentía del técnico estadounidense han revivido en apenas cuatro meses a un equipo que languidecía. Su apuesta por Marrero fue definitiva.

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