La dinastía de los Golden State Warriors, una de las más prolíficas y brillantes de la historia de la NBA, no existiría sin Draymond Green. En ella Green ha sido soporte, motor y fuego, todo entrelazado en un cóctel indescifrable e inimitable. Su irrupción arrojó una ficha revolucionaria sobre el tablero, la de un molde sin posición que defensivamente lo sostenía todo, en la pintura y fuera de ella, mientras proyectaba el ataque mediante clarividentes secuencias de ritmo, pase y bloqueos. Actuando como falso interior se convirtió en un multiplicador colectivo. Un comodín competitivo.

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