Las redes sociales dan voz a todo el mundo. Eso, en principio, suena bien y parece algo deseable. Pero hace tiempo que sabemos que no es así. El que antes vociferaba en un bar, aunque su cuerpo no soportara cantidades excesivas de sustancias tóxicas, ahora se despacha desde el pequeño teclado de un teléfono. El energúmeno del bar ponía cara a la víbora que dominaba su lengua. Y se exponía a que se la partieran o le pusieran colorado. Además de que su radio de acción se limitaba a donde estaba.

