Supongo que cualquier mudanza no deja de ser una especie de terremoto con tiempo de sobra para meter todas tus cosas en cajas, por eso duele tanto. Abandonar aquel primer piso que a duras penas te podías permitir con la ayuda de tus padres, o dejar el Camp Nou para largarte a Montjuic —por más que tu agente inmobiliario insista en llamarla “la Montaña Mágica”, como si fueses un ewok, o un pitufo—, supone un trance para el que ninguna persona estará del todo preparada nunca, jamás, cuánto menos una masa social informe y tan acomodada como la del Barça, que ya ha comenzado a poner pegas al traslado mucho antes de pasarse por las fruterías y zapaterías del barrio a la caza de bolsas, gomas y cajas de naturaleza gratuita.

