Mi padre, que vivió aquel fútbol de antes de la guerra con dos defensas, tres medios y cinco delanteros, abominaba las tácticas defensivas que nos abrumaron en los sesenta, contagiadas desde Italia. Auguraba que llegaría el momento en que al pitar el árbitro el saque los dos equipos se replegarían a toda prisa sin llegar siquiera a sacar de centro.

