Hace tiempo que el Barça no disfruta de una semana de tranquilidad, de siete días sin que las palomas se alivien sobre los puestos de comida o Dembélé sienta algún tipo de molestia en cualquiera de esos músculos suyos que siempre nos parecen inventados. Una semana sin que el viejo ídolo entregue las medallas y honores recibidos a una secretaria, sin acusaciones de adulterar competiciones, dopaje o connivencia con el franquismo. Sin que un expresidente corrompa a un inspector de Hacienda o duerma a la sombra. Una semana sin que se vaya Messi o, peor todavía: enredados en la posibilidad de que Messi pueda volver. Sin Guardiola, sin velocidad en la circulación, sin relevo para Busquets, sin pantalones, sin ganas de irse a Montjuïc y ahora, también, sin un Mateu Alemany que, según algunas informaciones, podría haber sucumbido a los cantos de sirena de la Premier League.

