Todo comenzó con una sucesión de correos electrónicos. «Nos explicaba que se iba a meter en la cueva y se ofrecía para investigaciones. <strong>Respondí que colaboraría con ella con la condición de que viniera a contar el proyecto a mis alumnos</strong>. La verdad es que les enamoró», cuenta Lola Roldán, profesora titular de Neuropsicología en la Universidad de Almería. «Era un ‘e-mail’ reenviado por el Decano de la Facultad de Psicología al Centro de Investigación de Mente, Cerebro y Comportamiento. Ella<strong> informaba de lo que iba a hacer por si alguien quería sacar aprovechamiento científico</strong>. Sólo contestamos dos personas», recuerda Julio Santiago, catedrático de Psicología Experimental en la Universidad de Granada. «Nos mandó un correo al genérico en el que explicaba el proyecto. <strong>Me pareció de puta madre, ambicioso… pero es que yo creo en la gente más que ellos mismos</strong>», bromea Carmen Rodríguez, secretaria general de la Federación Andaluza de Espeleología.

