Barça y Juventus, dos de los tres promotores de la clasista Superliga embrionaria, evidencian cada vez más sus motivos de ensueño. Económicos, desde luego, pero también deportivos, porque precisan ganarse en una cancillería un estatus que hoy no merecen cuando todo se limita al fútbol, a ese fútbol puro que, en ocasiones, se rebela contra la nomenclatura y su vedettismo. Los dos clubes necesitan blindar en palacio lo que ahora no son capaces de garantizarse en el campo.

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