<strong>»Lo normal es aburrido», dice Adriana Brownlee al otro lado del teléfono desde Nepal mientras la voz de una de las 15 niñas</strong> que asiste en una ONG en Nepal distrae su atención. La española aunque el apellido despiste, que su madre dejó Alicante hace más de dos décadas para probar un trabajo temporal en Londres y se enamoró de Tony, un inglés amante de la montaña y hoy directivo de una empresa que surte de comida precocinada a los supermercados, podría pasar por una milenial más comprometida con causas nobles si no fuera por algo que la convierte en extraordinaria: ha alcanzado la cumbre de 10 de los 14 ochomiles del planeta.

