
El mismo día que se anunció la muerte del alpinista navarro Iñaki Ochoa de Olza en el Annapurna, el 23 de mayo de 2008, Emily Harrington competía en el Master internacional de escalada Dimarock, en Bizkaia. La escaladora estadounidense, una estrella de la dificultad a sus 22 años, subcampeona del mundo en 2005, vio cómo algunas de las entrevistas que debía conceder aquel día se cancelaron: todas las atenciones se centraron en la desaparición de Ochoa de Olza. Pocos meses después, Harrington empezó poco a poco a separarse de la competición, superó una relación complicada con su peso corporal y se transformó en una escaladora de grandes paredes, en una alpinista incluso. Nadie lo hubiera podido imaginar en 2008. La chica que con apenas diez años de edad pedía cuerdas y arneses en Navidades, la misma que se proclamó cinco veces campeona nacional de escalada, se giró hacia las montañas: “Ya había hecho todo lo que era capaz de hacer en el mundo de la competición”, dijo.



