En la mesa había varias personas que habían dedicado su vida al deporte profesional. Se habló de los sacrificios realizados. De los dolores y las lesiones. De la renuncia a una vida convencional. De la desazón inmensa que aparece cuando no se alcanzan las metas marcadas. De la idea de que siempre podrías haber dado un poco más. De la obsesión con los errores, con esos fallos que te persiguen como espectros de un cuento de terror victoriano. De la vejez prematura del cuerpo después de años de rendir al máximo. Y de la necesidad de reinventarse tras la retirada, ese día a partir del cual ya no eres el mismo. Fue arrollador.

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