Mientras la mayoría de los estadios del mundo vibran nuevamente con los gritos de la afición tras el obligado parón por la crisis del coronavirus, en China continúan vacíos, y el futuro del fútbol se perfila cada vez más incierto. La reciente decisión de renunciar a su condición de sede de la Copa de la Confederación Asiática de Fútbol (AFC, por sus siglas en inglés), prevista para el verano de 2023, ha supuesto un mazazo a las aspiraciones de millones de seguidores en la nación más poblada del planeta. Sin las credenciales que le otorgaría la organización del evento ante la FIFA, el sueño de celebrar un Mundial de Fútbol en el gigante asiático parece haber quedado aparcado en un horizonte mucho más distante.

