Imaginaba seguro la organización del Giro de Italia otra realidad cuando diseñó meses atrás la etapa reina de esta edición. Aún quedaba tiempo para recibir el nuevo año, pero la presencia de Jonas Vingegaard ya se daba por hecha en RCS, el conglomerado editorial que organiza la corsa rosa. Corría incluso el rumor de que, alejado una vez más de la Vuelta por la compresión de fechas entre la ronda española y el Mundial, Tadej Pogacar valoraba un regreso a los Alpes en mayo. Duró poco, eso sí. Floreció la primavera y solo uno de los dos grandes vueltómanos de la década se presentó en Bulgaria, grande partenza del Giro. Y con ello, la incógnita por el triunfo final se desvaneció como un castillo de naipes.

