Durante años, y ante la indiferencia más absoluta de todos los que se abrían camino para colarse en la cima del Everest (8.848 m), los hitos que marcaban la vía a seguir eran cuerpos humanos momificados que los aspirantes a cima observaban deseando no correr la misma suerte, mirando hacia otro lado o recreándose en la estampa, puro morbo. Algunos cadáveres permanecían acurrucados en posición fetal, buscando el calor que se les había escapado; otros aparecían sentados y en apariencia dispuestos a erguirse y continuar con la faena: la muerte los había alcanzado mientras trataban de recuperar la fuerza necesaria para descender. Los más irrespetuosos se fotografiaban a su lado… Las imágenes se viralizaron tanto como las instantáneas de las cantidades de basura que contenía la cima del planeta. Varios sherpas, después de numerosas protestas, retiraron los restos, un gesto tan cosmético como de dignidad básica. Ahora, la familia del islandés John Snorri, fallecido el 5 de febrero de 2021 en el no menos icónico K 2, implora respeto para su memoria… y para sus restos, que cuelgan atascados en las cuerdas del cuello de botella, a unos 8.300 metros de altitud.

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