Iván Romeo mide 1,93, tiene 21 años y un apartamento en Mungia (Bizkaia) en el que ha pasado dos semanas en junio preparándose para el Tour de su debut después de la Dauphiné y, de paso, para ganar el campeonato de España. “Estuve tranquilo, con menos calor que en Valladolid. Ya hice bastante altura en Sierra Nevada en mayo”, dice el corredor del Movistar que encanta a la afición por su ambición, talento, acné y frescura en unos años en los que, dominado el ciclismo por Tadej Pogacar y sus príncipes intocables, la afición española, como el turista discernidor que busca hoteles boutique, pequeñitos con un toque de clase, olvida pensar a lo grande y disfruta y se emociona con detalles más intensos. Y Romeo, los vatios que le hicieron campeón del mundo sub-23 contrarreloj, promete eso, si no más. Un generación Z, confiado, que simplifica problemas y soluciones, pero con el toque antiguo de los que aún escucha lo que le dicen los viejos. Un admirador de Mathieu van der Poel, el pope del ciclismo de aventura, que en la Dauphiné le admitió admirado en el grupo de los corredores elegidos. Su mundo ya es otro.

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