El fichaje de Isco por el Sevilla ha caído, como titula MARCA, como una bomba. Se ha hablado mucho de la posibilidad de que el malagueño recalase en Nervión, con un Lopetegui que bebía, bebe y beberá los vientos por este futbolista y todos los de su perfil. A los que el balón no les quema (sólo disfrutan cuando entran en contacto con él) y la presión para ellos es parte del trabajo, como redactar un email, acudir a reuniones o incluso bajar a la máquina de café. No se inmutan. Es parte de su rutina. Y en Nervión la presión es terrorífica cuando el equipo no funciona, como en la primera mitad ante el Cádiz. Se trataba de un amistoso y con las gradas a medio llenar, pero el público protesta si no se le da lo que quiere. O al menos ciertas emociones con las que pasar la tarde. Isco promete darlas. Para lo bueno y para lo malo. Creo que Monchi piensa que es más una moneda al aire que una carta ganadora, como sí considera Lopetegui, quien no duda del tesoro que acaban de firmar. Si las cosas le ruedan, Isco es un pelotero que enamora a la vista. Si se tuerce su camino, será blanco de las críticas. Él mismo lo sabe. Ha convivido con esta presión casi toda su carrera. El referente de la Selección de Lopetegui en 2018 se reencuentra con su medio padre deportivo. El que le dijo a principios de verano que no se preocupase, que siempre tendría sitio en su Sevilla. Y ahí está, deseando colocarse el 22 a la espalda. Libre. Para él.

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