Se abrieron los cielos superada la media hora de partido y jarreó sobre Filadelfia como si no hubiera un mañana. Era lo mínimo que merecía una jornada marcada por la alerta meteorológica y en la que desde el estadio, construido a unos cuantos kilómetros del centro, podía observarse la tempestad que rondaba la ciudad más o menos cuando la pelota había echado a rodar. Pero América mide el peligro por el aparato eléctrico, que momentáneamente brillaba por su ausencia. Si no había rayos, a jugar…

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