Soy un convencido de que el dinero pagado a Negreira no podía tener otro fin que el de influir en los arbitrajes. Hasta puedo presumir de haberlo intuido en aquel tiempo en que tanto se popularizó la palabra ‘villarato’, que yo relacioné con cosas que veía en los arbitrajes del Madrid y el Barça que me escamaban, sin sospechar siquiera que aquello estaba engrasado.

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